La Fanny que yo conocí y que todos queremos
por Alvaro Bejarano
Tomado del Libro Fanny Mikey Cincuenta años de vida artística (1996)
Un libro sobre Fanny Mikey es un imposible porque ella es un libro abierto en donde todos hemos aprendido un canto de amor a la vida. Un libro de cultura colombiana y de historia del teatro entre nosotros no seria un libro sin este nombre que todos queremos y admiramos. Ahora, lo que ignoro es la manera como haya de enfocar el asunto porque ateniendonos a Chertenton lo real es más extrano que lo imaginado, puesto que lo imaginado procede de nosotros, mientras que lo real deviene de la imaginacion infinita de Dios. Fanny Mikey misteriosamente es real. Esta en nuestras vidas, o por lo mcnos en la mía y en la de los caleños, desde cuando un día en la decada de los cincuenta salió por las calles soleadas de la ciudad y camino como brotada de un poema de Alvaro Mutis, vale decir con la fresca balanza de sus senos y una extensión de terror en las caderas. Luego nos dimos cuenta de que era una especie de "Madre Coraje" del despertar teatral que entre nosotros había encendido Enrique Buenaventura y cuyo fuego se acrecentaba con el soplo vivificante que le infundía el compañero de Fanny, el inefable Pedro I. Martínez (y aquí brilla una estrella en mi corazón).
Así comencé una sucesión de enamoramientos amistosos con Fanny que no han terminado y que tienen el trasfondo iluminante cuando en conjunto comenzamos a poner de moda en los muchachos de aquel entonces las genialidades de un cronopio gigantón llamado Julio Cortazar. Principiamos a vivir vidas innumerables y Fanny Mikey a vivir una sola vida, un solo destino, una sola mision: el teatro, el amor a la vida, el cariño a sus semelantes, el respeto al arte. Parecía entonces que nos íbamos a perder en un laberinto, en un caos. Solo Fanny tenía las metas y los objetivos precisados, que no eran otros que imponer la necesidad de tener un buen teatro y dignificar la profesion de los artistas que hasta entonces no sabían que hacer con sus existencias llenas de luz interior pero rodeadas de oscuridad externa porque la sociedad feudal no les valoraba y algunos de ellos no sabian que hacer con la dignidad de palabra, salvo ultrajarla y dejarla ultrajar mientras deambulaban por sinuosos corredores dilapidando lo que los dioses les habían otorgado. Allá, a ese trasfondo de frustración y desesperanza va a decirles a las gentes de teatro que ellos no habían censado una utopía, sino que habían asumido un destino que por fortuna era el mismo de ella y que iban a viajar conjuntamente a un porvenir y que rescatarían y dignificarian un oficio que intercalarían en el mundo y en la vida colombiana; y se nos fuga de Cali, y nos deja una ofandad, pero como su vida es innumerable nunca caímos en la soledad porque la sabíamos realizando el alto destino de una especie de Libertadora de ese mundo féerieo en el que discurre la existeneia del actor.
En los dias en que Cali disfrutó de la presencia de Fanny en sus calles, un taconeo distinto se escuchó. Eran las pisadas ciertas de quién nos amó a los colombianos desde el minuto de su desembarco. Jamás he visto un fenómeno de integración semejante con una gente, con un país, con una intención y con una necesidad cultural. Fanny se forjó una invención verbal y una certidumbre pasional con lo que debería ser el Teatro Nacional. No solamente lo hizo evolucionar sino que permitió que descendiera. Le insufló su fuego interior y lo torno (al teatro) en una primavera en llamas como lo dice en un algun hermoso texto Octavio Paz.
Y a mí me gusta la palabra recuerdo porque mana hilitos de agua fresea. Asi lo dice Federico García Lorca y quizás una de las cosas que más me plenifica es sentarme a recordar lo que fue, lo que hicimos y lo que proyectamos por la cultura colombiana en las largas caminatas nocturnas que emprendíamos con Fanny en las noches caleñas y que ineludiblemente terminaban en Juanchito en donde la curvilínea actriz bailaba salsa como si fuese una especie de Amparo Arrebato nacida en la Boca o en el entranable barrio Caballito de nuestro amado Buenos Aires. Hablamos entonces de los últimos textos de la literatura del momento. Jaek Kerouae subía en nuestras vidas como un cohete destellante, pues nosotros éramos una especie de vagabundos amorosos y tiernos que sólo teníamos un proposito existencial y era el hacer y sublimizar el teatro.
Cuando era de noche en Cali delineábamos el destino del teatro, era en los días soleados en el departamento de Fanny en el Hotel Aristi en donde hacíamos las largas sesiones de lecturas de actualidad y el consecuente debate de los inteligentes que nunca se ponen de acuerdo, pero solidifican la amistad. Ejercimos entonces una vivencia fértil porque de allí salieron muchos de los actores que hoy son orgullo y no pocos de los que luego han destellado en las letras nacionales.
Algún día -cuando se escriba el real libro sobre la cultura nacional- habré de narrar quizas en se totalidad lo que significó para Cali y para Colombia la llegada de Fanny y sus incansables y realizados proyectos. Lo haré porque la historia es el lugar del encuentro de los hombres, del diálogo de las almas y yo no he dejado jamás de dialogar con ella porque Fanny es fraterna de nuestras vidas y de nuestras emociones estéticas.
No puedo cerrar esta desvertebrada remembranza sin aludir a lo que logró despertar Fanny en los niños caleños cuando estableció los matinés infantiles dominicales, pues fue ahí en donde realmente sembró la semilla que hoy ha dado mas de un fruto de bendición.
Fanny nos espantó de nuestros espíritus las opacidades cuando nosotros estábamos esperando prematuramente casi que la presencia de la muerte. Nos demostró con su testaruda vocación de regalo y con su amor al teatro que "la obra no es un testimonio de la duración del artista sino de la permanencia de los hombres".



